¿Que curioso es el cuerpo verdad? El sábado tuve una sensación que no había tenido en mi vida y creo que es lo que me llevo de todo esto.

 

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Comencé la carrera con el miedo a deshidratarme por el calor que hacía. Salí tranquilo, no había prisa. Quedaban 100 km por delante y ya tendría tiempo para correr y tiempo para adelantar. No me gusta ponerme delante en el cajón en una carrera tan larga, no creo que sea necesario, aunque vi que hay muchísima gente que no piensa igual a juzgar por como corrían cuando se abrió el cajón.

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La carrera comenzó bien, ya sabéis, los nervios típicos y esa ligera sensación de que estás ante algo grande. Empezamos a correr, bueno a andar, durante los primeros kilómetros. No es de extrañar tampoco, era una carrera con mucha gente y al principio cuesta separar a marchadores de corredores pero pensaba que todo eso pasaría antes.

El calor sofocante llevó a tener grandes aglomeraciones de gente en los primeros puntos de agua, lo que me hizo ir saltándome algunos puntos de agua en los siguientes controles y esperar a que todo estuviera más calmado. Seguí corriendo y pensé en apretar para meterme en una zona menos transitada, lo cual me parecía imposible hasta ese momento. Seguí corriendo y caí en la conclusión que si llenaba la bolsa grande de la espalda y los delanteros quizás podría seguir sin parar en algunos puntos de agua y llegar a una zona con menos corredores. Cargué de agua todos los recipientes y pasaba sin parar mucho en los controles, pieza de fruta, sorbo de Aquarius y a seguir corriendo. Pasamos por muchos lugares preciosos, la verdad es que tengo que reconocer que la carrera tiene algunas estampas increíbles pero estaba más entretenido luchando contra una alergia que parecía incrementarse por momentos y que ya había llegado a un punto en el que me estaba destrozando la cabeza.

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Tomé muchas sales, quizás demasiadas. Saltarme los controles de agua había hecho que sólo hubiera bebido bebidas con sales los primeros 30 km y eso provocó que me dolieran los riñones sobre el km 50. Hasta ese punto bebía mucho pero solo había orinado una vez y el color parecía radiactivo. Estuve varios momentos con un pequeño mareo que se juntó con el calor y me hizo pensar muchas, pero que muchas veces en retirarme. Me engañé diciéndome que llegaría a setenil, me sentaría y si me encontraba mal, me retiraba. Me obligue a orinar aún sin ganas, incluso de manera cómica parado esperando y parece que eso me salvo la carrera por lo que no me hace ahora tanta gracia. Empecé a sentirme algo mejor dentro de lo malo, comí un sándwich en el pueblo y seguí corriendo sin parar. No tenía mochila en setenil así que perdí el menor tiempo posible. Me acuerdo que me decía: “¿Cómo vas a retirarte ahora tío? Ya llevas más de la mitad, hace mucho calor lo sé, pero ahora solo es descontar. Además, llevas una felpa para mostrar la lucha de la gente con Fibromialgia, no tienes derecho a quejarte. Así que mira, sigue hasta el 75, recoge la mochila y si con los bastones ves que no llegas a terminar porque lo has dado todo te paras y punto”.

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Pasó algo raro en el km 60, mi cuerpo Empezó a encontrarse mejor, me sentía más ligero y la alergia había desaparecido en gran parte y parecía que el sol por fin empezaba a dar tregua. Seguí trotando hasta el 65 y andando cuando no podía pero en torno al 65-66 viví algo que no había vivido nunca, volví a sentirme como nuevo. Desaparecieron los dolores, podía correr a grandes zancadas y me sentía como cuando corría en casa. Era un entrenamiento más. Estaba completamente descansado y era raro, porque me notaba incluso mejor que en la salida. Estuve pensando que 35-36 km podía hacerlos apretando fuerte, que era como cualquier entreno, que me encontraba bien y que ahora si que es verdad que me encontraba para correr. Llegué corriendo al cuartel, no paré a comer, cogí mi mochila, quite la mitad de las cosas que llevaba encima y las dejé. Cogí los bastones y salí corriendo no antes sin maldecir la escalera para recoger la mochila algunas veces. Cuando mire el movil vi que no había estado ni 5 minutos, no me hacía falta, me encontraba bien. Seguí corriendo hasta casi el km 94. Subiendo a buen ritmo y bajando como las cabras. Sin duda habían sido una buena elección las nuevas zapatillas. No me dolían los pies, no sentía dolor alguno hasta lo que yo creía que era el 94, porque fue llegar a un control y ver que era el 92. Ahí, me dio por última vez una bofetada mental.

 

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Os parecerá una tontería pero no tenía fuerza para dos kms más y menos con la última cuesta en el km 99. Así que solo pensaba en seguir y cada vez me daba cuenta de que escuchaba menos la música y estaba más centrado en lo que pensaba. Estaba todo tan oscuro y estaba tan a mi bola que hubo un momento que creía que me había perdido. Mire hacia delante y no veía a nadie y por detrás los árboles y las cuestas tampoco me dejaban ver mucho más así que me limité a seguir corriendo y que pasará lo que tuviera que pasar. Encontré una baliza y fue un alivio. Pensé: “Esto ya está casi hecho, te quedan 3 o 4 kms que serán eternos, pero ahí se acaba todo. Ahí por fin habrá acabado, así que sonríe y disfruta que has hecho algo grande”.

 

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Continué haciendo lo que había sido mi tónica de carrera, mandar algún audio que otro, alguna foto y algún vídeo cada hora o hora y media pero esta vez era para decir que ya llegaba. Llamé a mis padres que me esperaban en la última cuesta y estuve hablando con ellos. Ya estaba hecho, 15 horas y ya veía los últimos 800 metros, así que sí. Esto ya era mio y solo mio. Los que me conocéis sabéis que soy una llorona. Lloré al terminar en Cádiz, en Sierra Nevada lloré incluso bajando pero aquí no. No estaba triste ni cansado, estaba feliz. Había podido correr con 70 km, había podido correr con 80 km en las piernas e incluso con 90km y no os imagináis lo que se siente. No me paré, no me senté, no descansé. Quería terminarla, quería hacerlo y quería hacerla corriendo, más rápido o más lento pero corriendo. No me gusta ser de esos que intentan algo aún no estando a la altura. Está bien eso de querer superarse pero no quiero tener una medalla con la que mentalmente no me sienta que la he ganado. Cada uno valora su propio esfuerzo de una manera y yo sentía que si terminaba Ronda, si realmente quería sentirme que me lo había merecido, tendría que ser corriendo.

 

Y así fue, así que entré riéndome, corriendo y agradecido por todos los que me acompañaron y se preocuparon por mi. Agradecido a mi familia, a mis amigos y asombrado por como se vuelca el pueblo de Ronda y los legionarios con la gente de la carrera.

Ah, una cosa más, por encima de cualquier cosa, me sentí ganador. Sea cual sea vuestro tiempo, creo que vosotros también deberíais sentiros igual.

José Martín, 101km Ronda, 2015.